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Capitalismo e Identidad

*Estas intervenciones se dieron en el contexto de una actividad grupal universitaria en la asignatura de Fundamentos de Ciencia Política.


Intervención 1: Definiendo Identidad

Buenos días, compañeros/as:

Quisiera introducir en este primer comentario algunos matices sobre el concepto de identidad1. En 1890, William James, psicólogo norteamericano, diferenció el Yo como sujeto (self) del Yo como objeto que puede ser pensado. En su versión moderna, este último ha sido asociado al autoconcepto, descrito por dos enfoques complementarios —ambos con sustento empírico importante—:

  1. Autoconcepto como estructura nuclear fija y consistente

  2. Autoconcepto como sistema dinámico, flexible y multifacético

Lo que creemos que nos define —no siempre es una creencia fiable— viene dado, pues, por una representación contextualizada que depende de múltiples aspectos: experiencias vitales (y su acceso variable a ellas), atributos físicos y psicológicos innatos, relaciones sociales, roles ejercidos y/o impuestos por los otros, y un largo etcétera. No obstante, una de las cosas más curiosas de este fenómeno es que lo que se refiere a dinámico no equivale exactamente a modificable. Esto es, el autoconcepto es dinámicamente estable, y esto es así, entre otros factores, a lo que se ha venido a llamar motivación de consistencia: las personas tenemos la necesidad de preservar el concepto que tenemos de nosotros mismos.


Una vez dicho esto, me planteo la cuestión de hasta qué punto las instituciones sociales son capaces de modificar nuestra identidad, y mediante qué mecanismos se produce esta influencia, o si más bien son producto del ser humano sin una vía clara de retorno.


Y analizando el texto del propio Antonio González2, uno se encuentra con proposiciones en las que no se apuntan los mecanismos exactos que relacionan capitalismo e identidad, y que, aun peor, ignoran lo que sabemos sobre la construcción de la personalidad en la actualidad —no acudir a la filosofía para tratar un tema de esta índole es tan negligente como no acudir a las disciplinas científicas actuales—:


«[…] el capitalismo erosiona los símbolos tradicionales de identidad, al tiempo que está limitado para proporcionar nuevas identidades. El dinero, como símbolo de intercambio, no es fuente de identidad más que cuando se posee en abundancia, y aun así la identidad que proporciona no es ni muy estable ni muy definida.»



Intervención 2: Definiendo Capitalismo


Hola de nuevo, compañero/as:


Esta vez voy a introducir algunos matices sobre el concepto de capitalismo, con la voluntad clarificar los términos del debate; es importante establecer que las diferentes partes entiendan de igual forma —o de forma similar— capitalismo e identidad. Espero que con ello se comprenda mi opinión acerca de algunos de vuestros comentarios.


En su obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo3 Max Weber enfrentó la cuestión sobre qué fuerzas impulsoras llevaron al desarrollo de un tipo de capitalismo particular en ciertas culturas, pero no en otras. Concretamente, describió el capitalismo moderno como organización racional-capitalista de trabajo libre asentada en diferentes tecnologías, algunas de ellas de origen exclusivamente occidental: mercado de bienes, la separación de lo doméstico y lo empresarial, la contabilidad racional y una estructura racional de Derecho y administración.

Lejos de asociar capitalismo con consumismo o afán de lucro desmedido, apunta a lo largo del texto a un vínculo directo, y causal, entre valores ascéticos protestantes y la posibilidad de asumir ese particular sistema económico:


«El "impulso emprendedor", el "afán de lucro", la ambición de ganar dinero, la mayor cantidad posible de dinero, todo ello, en sí mismo, no tiene nada que ver con el capitalismo. Este afán existió y existe en camareros, médicos, cocheros, artistas, prostitutas, funcionarios corruptos, soldados, asaltantes, caballeros cruzados, tahúres, mendigos — podría decirse que en all sorts and conditions of men, (en toda clase y condiciones de hombres) en todas las épocas de todos los países de la tierra en dónde haya existido la posibilidad objetiva de lucrar—. En materia de historia cultural resulta elemental abandonar de una vez por todas esta concepción infantil. El afán de lucro ilimitado no es en lo más mínimo igual a capitalismo; mucho menos igual a su "espíritu". El capitalismo puede incluso identificarse con una morigeración, o al menos con un atemperamiento racional de este impulso irracional. »


Estas son algunas de las conclusiones que extraigo de su tesis con relación al tema que nos ocupa:

  • Ha de tenerse en cuenta que el sentido causal sea el inverso al intuitivo: son determinados valores los que llevan a adoptar un sistema económico, y no otro.

  • Al capitalismo se le ha de apellidar, pero, además, se le ha de definir. Weber habla de un tipo de capitalismo más elevado, más sofisticado, pero no comete el error de aseverar que es el único capitalismo posible.

Una vez dicho esto, me gustaría exponeros qué problemas me genera pensar en el capitalismo como fuente, por sí mismo, de nada. Me explico. Concibo a cualquier forma de organización económica como una tecnología, un medio más o menos sofisticado de conseguir algún fin, pero éticamente neutral. Y es por esto que cualquier proposición que afirme vínculos netos, y sin matices, entre capitalismo y cierta dirección moral o psicológica me resulta equívoco.

El caso de la China actual me parece paradigmático de lo que intento exponer4. El Partido Comunista de China (PCC), liderado por el autocrático Xi Jinping, ha entendido perfectamente esta lección: el capitalismo de estado —otro apellido— que ha asumido en los últimos lustros demuestra que puede asumirse dicha tecnología para fortalecer valores concretos, en este caso el llamado socialismo con características chinas. El capitalismo potenciaría ciertos valores culturales, pero no los contiene per se.

Por todo esto, opino que no puede atribuírsele al capitalismo —sin importar el tipo— interés alguno (Unai) ni deriva populista (Daniel y Unai). Por último, cabe comentar que para analizar su relación con el nacionalismo me parece necesario, de nuevo, definir antes otros conceptos no solapables necesariamente con aquel: mercantilismo, globalización, libre mercado, etc.


1 José Bermúdez Moreno y cols., Psicología de la Personalidad, UNED, Madrid, 2012, p. 526.

2 Antonio González, Identidad y Alteridad, Trinidad, tolerancia e inclusión, 2020, p. 105.

3 Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Madrid, Alianza Editorial, 2012.

4 Claudio F. González, El gran sueño de China: Tecno-socialismo y capitalismo de Estado, Madrid, Tecnos, 2021.


Intervención 3: Capitalismo e Identidad


Como ha podido comprobarse en mis dos primeros comentarios —o esa era mi intención— rechazo la tesis inicial de la que parte del profesor González Fernández, aquella que relaciona capitalismo con su imposibilidad para crear identidades (estables). Eso me lleva a negar también todo análisis que ahonde en esta cuestión y añada supuestos factores relacionales agregados, como la tesis en la que ciertos tipos de nacionalismo compensaran en estos lares identitarios las limitaciones de aquel.


Me llama la atención el contraste entre el estilo analítico y expositivo de Cruz Prados en su análisis de los distintos nacionalismos con el que lleva a cabo el profesor González. Allí no encontré afirmación de este tipo: <<De ahí que en todo el mundo triunfe el "nacional-populismo" [...]>>. ¿A qué se refiere con nacional-populismo? ¿Triunfa en todo el mundo? ¿Por qué considera que los viejos nacionalismos son ya caducos, <<erosionados>> por la globalización y el capitalismo? A lo largo de todo el texto se encuentran multitud de afirmaciones similares, sin definiciones ni desarrollos argumentales que las apoyen.


Veamos otro ejemplo en el mismo texto. El dinero —¿lo toma como sinónimo de capitalismo?—, sí parece tener capacidad para proporcionar identidad, pero sólo si este se <<posee en abundancia>. Para más añadidura, y al mismo tiempo, el dinero proporciona identidad y la <<capacidad para elegirla>>. ¿Cómo es eso posible? ¿Qué clase de identidad proporciona? Si la proporciona, ¿cómo da la posibilidad de elegir entre otras identidades? ¿A partir de cuánto dinero he de poseer para notar sus efectos? ¿Se infiere de esto que los pobres carecen de identidad y deben buscarla en otro sitio —el autor habla de Internet, la sexualidad y especialmente de nacionalismo—?


Retomo ahora la cuestión de la identidad, y aprovecho para contestar al compañero Andrés. González se apoya en Mead y su interaccionismo simbólico para situar la identidad <<fuera del ser humano>>. Esta se construiría mediante símbolos compartidos en sociedad y sería anterior a la identidad personal misma. Pues bien, a mi juicio, esta idea es en la que pivota todo su desarrollo y la que le permite afirmar generalizaciones sobre una supuesta identidad homogénea —o falta de ella— y prescindir de describir los mecanismos que expliquen cómo ciertas instituciones o prácticas sociales influyen en la construcción (individual y particular) de la identidad. Porque que la identidad se construya socialmente no implica que no sea personal, de hecho todo apunta a que siempre lo es (la justificación de esta afirmación precisa de cuestiones epistemológicas y ontológicas, que por espacio me limito sólo a señalar). Además, algunas facetas de la identidad, y sólo algunas, son determinadas por lo social, y todas ellas pueden ser identidades compartidas en función de lo que se perciba de común con el otro. Es por esto que podemos hablar de identidad de género, identidad de clase, identidad étnica, etc. sólo en aquellas identidades que contengan ese contenido.


Por último, quisiera añadir un matiz que podría enriquecer el debate. Me parece que estamos tomando como identidades políticamente relevantes únicamente aquellas que tienen que ver con lo económico y/o con el nacionalismo (seguramente por el texto del que se parte el análisis). No obstante, considero que son todas las características — en forma y contenido— de la identidad personal las que juegan un papel activo en nuestro actuar político cotidiano.


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