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Programa DFI

Decepción, frustración e impotencia. Esta es la mezcla de sentimientos que experimento cada día cuando entro en las aulas de secundaria para dar clase a casi treinta ‘personitas’ que buscan que alguien los sepa acompañar en su proceso de aprendizaje teniendo en cuenta sus particularidades y casuísticas. Ellos y sus familias no entienden de estadísticas; para esto la media es perversa.


Curso tras curso, como docente, tienes la sensación de que cada vez te piden que hagas más dándote menos. Te piden que seas una escuela inclusiva, que atiendas las necesidades de todos tus alumnos, que tengas particular cuidado con aquellos que tienen necesidades educativas especiales, que crees proyectos transversales y que sostengas la motivación; propia y ajena. Eso sí, con menos recursos, menos ayudas, menos horas de preparación, menos horas de coordinación, menos personal, y más alumnos.


Políticos de toda índole se llenan la boca diciendo que la educación es un derecho esencial para todos los niños y niñas, que la escuela debe ser inclusiva, pero, en cambio, te sigues encontrando titulares de este calibre al echarle un ojo a la prensa diaria: Alumnos de una escuela de Barcelona se plantan para dar apoyo a una compañera con autismo” (El Nacional, 2022). Abril, una niña autista de un colegio de Barcelona no podía disfrutar de sus clases de natación como el resto de sus compañeros, porque su veladora (persona acompaña dentro del aula, a niños y niñas con necesidades educativas especiales —NEE—) no puede entrar en el agua con ella por un tema del seguro. Aun así, se supone que el programa Barcelona Esportiu Inclou, ofrecido por el ayuntamiento (corporación que se sustenta gracias al pago de nuestros impuestos) tiene el deber de ofrecer monitores de apoyo para los niños con discapacidades. Pero, ¿qué está sucediendo en este caso? Pues, que como en muchos otros casos, eso que se promete nunca llega. Decepción, frustración e impotencia.


Cuando vienen mal dadas en nuestro país, uno de los principales sectores que se ve resentido es la educación; los recortes van y vienen sin ni siquiera saber qué es todo aquello en lo que están escatimando. Señores/as, en EDUCACIÓN, ¡ustedes están vulnerando un derecho fundamental! Los colegios tienen que hacer frente día a día a muchas dificultades que no se ven, cada curso escolar hay muchos niños (cada vez más) que necesitan algún tipo de atención especial, de adaptación curricular o procedimental, ya sea por una dislexia, un Trastorno por Déficit de Atención, un Síndrome de Alcoholismo Fetal, algún tipo de discapacidad, un Trastorno del Espectro Autista, etc. Muchos de ellos necesitan de una persona que esté exclusivamente por ellos en clase y otros muchos necesitan material especial, atención personalizada, pero, ¿cómo se supone que un docente puede hacer eso teniendo una ratio de 25-30 alumnos por clase?, ¿cómo se supone que tiene que atender a sus alumnos si en muchas de las ocasiones no se le ofrece al centro la figura de una veladora; o si se le ofrece se supone que esta debe de atender las NEE de tres etapas (infantil, primaria y secundaria) de un colegio enorme? Ya respondo yo: no se puede señores/as. Lo intentas, pero no llegas, no te da la vida. Luchas de manera desesperada y sales a la calle y protestas, pero después vuelves a la realidad. Esa realidad en que los que deciden lo que pasa en los colegios no han pisado un colegio desde que fueron alumnos; no le han pedido opinión al experto, al docente. Decepción, frustración e impotencia.


Llegados a este punto podríamos concluir que quien realmente tiene necesidades educativas especiales es la propia escuela. Y, que es el propio sistema educativo, manejado por el ‘conseller’ de educación y su séquito, quien desprovee de manera pervertida y deliberada a los centros escolares de todos esos recursos y menesteres. Así pues, deja de existir el tiempo y el espacio adecuado para poder llevar a cabo unas planificaciones y programaciones curriculares de calidad que respondan a todas las demandas de quienes verdaderamente importan, los alumnos. Se disipa esa preparación de los contenidos adaptados a las necesidades de los escolares, que acaban sin ser capaces de ver la relevancia, la coherencia, la utilidad y la funcionalidad de todo aquello que aprenden. Decepción, frustración e impotencia.


Los docentes estamos lidiando día a día con cada uno de los problemas planteados con la esperanza de poder ofrecer una educación de calidad que nos haga sentir realizados como profesionales. Profesionales que nos sentimos descuidados y ninguneados por el sistema educativo, político y social. Parece ser que lo que no se ve no existe. Sólo se hacen visibles y aprecian los resultados finales de los exámenes, de la selectividad, de las pruebas de competencias básicas, de las notas de corte que dan acceso a la universidad, de los resultados de los informes PISA, etc. Vivimos entre padres preocupados de manera egoísta por la excelencia de su propio hijo/a, en una sociedad que se enorgullece de la ‘titulitis’ que la caracteriza y sumergidos en un sistema político donde lo que no da rédito no interesa. Decidnos, entonces, de qué manera tenemos que trabajar los profesores: ¿transmitimos mero conocimiento?, ¿nos centramos únicamente en los alumnos que no hagan decaer la media de los resultados? ¿Seguimos sonriendo cómo si todo fuese bien mientras nos cargamos a generación tras generación?, ¿o, por el contrario, damos un golpe en la mesa y empezamos a cambiar la manera de hacer, aunque eso suponga remar a contracorriente y un gran desgaste físico y psicológico? Necesitamos sentirnos cuidados, que se haga visible ese trabajo tan poco apreciado a veces, que nos den esa palmada en la espalda que nos aliente a seguir progresando, y así poder dejar de sentir, aunque sea durante unos instantes, decepción, frustración e impotencia.


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