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Comentario a la República de Platón


Quisiera comenzar comentando la sorpresa que he sentido al encontrar en la Politeia de Platón una gran cantidad de cuestiones que fueron tratadas mucho tiempo después de su publicación, y siguen teniendo eco en la actualidad, ya fuera por una genial anticipación o por su capacidad persuasiva de influencia. Por ejemplo, se pueden encontrar los siguientes temas:

  • División del trabajo como origen del Estado y como forma eficiente y eficaz de sistema económico.

  • La aplicación de procedimientos eugenésicos con fines políticos.

  • Separabilidad de las facultades mentales.

  • La pedagogía como instrumento político.

  • El problema de la necesidad o no de cierto “contrato” o “pacto social”.

  • El papel igualitario (aunque con matices) de la mujer en el Estado.

  • Una visión negativa del ánimo de lucro.

No obstante, y mientras me imbuía en la lectura de la obra misma, sentí la necesidad de acceder a ideas menos utópicas. Como el que anhela algo salado tras la ingesta de un postín de dulces. Es así como acabé leyendo en paralelo el Leviatán de Hobbes. Mi comentario pretende describir los puntos en común entre estos dos autores, pero especialmente, sus diferencias. Además de esto, aprovecharé para introducir críticas directas al ejercicio utópico de Platón.


En el símil de la línea, Platón defiende la Dialéctica como el medio predilecto para acceder al mundo de las ideas, para hallar las definiciones universales que hacen posible aproximarnos al buen obrar, tanto en el individuo como en el conjunto de la sociedad. No obstante, considero que el ejercicio dialéctico expresado en la República no es tal, y que es prueba de que es un método inapropiado. En primer lugar, porque es en realidad un ejercicio solipsista, donde los oponentes son meros títeres con apariencia de rivales intelectuales, que acaban silenciados por el mismo monólogo de Sócrates y da la impresión final de ser vencidos. Trasímaco sería un ejemplo histórico y paradigmático en este diálogo.


Por suerte, algunos argumentos expuestos por Glaucón, Trasímaco, Clitofonte y Adimanto fueron retomados, y desarrollados ahora sí, genuinamente, por Thomas Hobbes unos 2000 años más tarde. Estos argumentos podrían resumirse en:

  • Reclamar una definición exacta de justicia, sin relacionarla con otros conceptos como provechoso, útil, bueno, etc.

  • La justicia es lo prescrito por la ley, lo convenido mutuamente para no cometer injusticias por temor a recibirlas posteriormente.

  • La justicia es lo que el más fuerte cree que es lo que les conviene a los gobernantes (Hobbes añadiría aquí que les conviene garantizar una seguridad y estabilidad social)

Si Platón opta establecer una utopía basada en virtudes universales vislumbradas por un filósofo-rey, Hobbes rechaza esa posibilidad y construye su Estado desde una visión más pesimista del ser humano (realista, diría yo); cuando Platón piensa en máximos (considera posible una ingeniería social de tal calado), Hobbes establece mínimos. Y esta sería otra de las críticas a la República: la visión excesivamente optimista en lo tocante a la educación; en términos modernos hablaríamos que Platón es un determinista, a pesar de que él considere que cada persona está inclinada naturalmente a ciertas actividades, como el ejercer un oficio.


Pero existen curiosamente paralelismos entre estas dos obras y autores. Como diría Isaiah Berlín, Platón y Hobbes son erizos: los dos aspiran a una visión central, sistematizadora de la vida bajo un principio ordenador. Y a la hora de definir su Estado tienen en común lo siguiente:


  • La importancia de partir de definiciones concretas: absolutas en el caso Platón, relativas a lo convenido socialmente por parte de Hobbes.

  • El Estado debe ser unitario como garantía de su existencia duradera.

  • La formación de los gobernantes es crucial.

  • Los dos hacen una analogía orgánica explícita entre Estado e individuo.

  • Las falsas doctrinas serían peores que la ignorancia o la opinión común.


Vargas Llosa, en el Prólogo a El zorro y el erizo, resume muy bien la impresión que he tenido tras la lectura de la República, aunque debo reconocer la forma exquisita de plantear toda su filosofía.

«Todas las utopías sociales —de Platón a Marx— han partido de un acto de fe: que los ideales humanos, las grandes aspiraciones del individuo y de la colectividad, son capaces de congeniar, que la satisfacción de uno o varios de estos fines no es obstáculo para materializar también los otros.» «Esos apocalipsis que prometen bajar el cielo a la tierra: más bien suelen provocar iniquidades tan graves como las que quieren remediar».


Finalmente, resulta paradójico que la República haya acabado teniendo la forma de un mito con aplicabilidad dudosa, si no peligrosa, tal y como Platón atacó las mentiras innobles que contenían los mitos de los poetas.


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